Que la mujer guarde silencio… – dice en la Biblia

Que la mujer guarde silencio… – dice en la Biblia

Sé que usted no, pero solemos tener dos clases de errores al leer la Sagrada Escritura: pensamos que no nos dice nada tal o cual versículo, o por el contrario, pensamos que a nosotros nos dijo, que se dictó ese pasaje para mi situación presente. De estos dos grandes errores se derivan muchos más, en lo espiritual y en lo pastoral.
Por una parte solemos pensar que no nos dice nada la Biblia cuando los pasajes allí citados aluden a conceptos que no nos suenan halagüeños o que simplemente son comprometedores. Si dice ‘conviértete’, ‘deja tus pecados’, ‘ no seas injusto’, ‘vendré contra ti como un Juez terrible’, pensamos que se lo dice al vecino, encontrando mil razones para ello, y nos deslindamos del pasaje para cenar a gusto esa noche. Pero si dice cosas como: ‘lo que pidas se te dará’, ‘Dios me amó y se entregó por mí’, intuimos que son frases que sé que me las dijo a mí y cómo dudo que se lo haya dicho a la fulana por como es… ¿Y cómo es? Pues bien así…
Puede suceder que alguien, no sé quién, abra la Biblia en un pasaje al azar y se encuentre con el texto del profeta Sofonías donde dice: ‘Me alegraré contigo y danzaré por ti’, y la persona se sienta muy bien y piense que Dios está bien contento con él, con ella, aunque nunca jamás vaya a misa o le encante dividir a la gente con su cizañosa lengua.
No faltará también quien lea el salmo segundo que dice: ‘te daré en herencia las naciones, tuyos serán los confines de la tierra’, y sin importarle que ese pasaje se aplica sólo a Cristo resucitado, y se lo adjudique y funde una secta donde promete prosperidad y abundancia a costa de que se le pague el diezmo, porque el pasaje era para él y no para sus feligreses…
Dicen, no estoy seguro, que en algunos templos de nuestra querida arquidiócesis hay una vendedera de cosas, parece tianguis, donde venden aguitas para el calor, duros para los blandos y los hambrientos, chimichangas y más, porque la seria y profunda reflexión bíblica de pastores y laicos comprometidos concluyeron que la molestia del Señor Jesús era solamente por convertir en mercado el templo de Jerusalén no en la parroquia… Además, hay que juntar fondos, aunque las ventas nunca tengan fondo. Esa misma gente que debería, -con deber sagrado, por ser un mandamiento de la Iglesia-, ofrendar al templo para el sustento del párroco y de la comunidad, mejor se va a empanzar unos tamales y una agua fresca para el calor, por lo que cuando pase la canastita de la limosna solamente dará tres o cuatro pesos, diez los menos avaros y no vayan a comer mucho.
También hay una serie de personas, como hechas en serie, para pensar en serie, que para tranquilidad de su conciencia concluyeron que cualquier verso bíblico que hable de la ira de Dios, la cólera de Dios, el furor divino, la indignación del Señor, su enojo, son antropomorfismos, es decir, afectos humanos que por analogía se los achacamos a Dios porque Él no puede enojarse, ni indignarse, ni molestarse ni castigar a nadie, a la vez que cuando esos ‘afectos humanos’ son muy convenientes en Dios, como su ternura, su amor, su alegría y complacencia, entonces no son antropomorfismos sino verdaderos atributos divinos. Muy conveniente. Pero aunque no lo crea, existe una especie particular de cristianos que solamente se aplica para sí y para los demás aquel furor divino, y siempre sienten a Dios amenazante sobre sus cabezas y si no destruye el mundo es por sus rápidos rezos, o porque San Juditas y la Virgen, que son buenos, nos defienden de Dios…
Hubo un semejante que leyendo que la burra del profeta Balaam habló, pidió para sí el don de lenguas. Pero ninguna que yo haya sabido dice ser semejante a la serpiente del paraíso. Dos amigos de un grupo leyeron el mismo día a la misma hora el mismo texto en el que Dios constituía a un profeta y se lo aplicaron a sí mismos. Cuando se encontraron al otro día y se enojaron por la sacrílega usurpación del compañero se profetizaron innumerables calamidades. Una señora tenía altísima y gravísima fiebre. Su yerno, hombre de letras, le explicó citando a los exegetas y la encíclica Divino Afflante spiritu que el pasaje en que Jesús curó de fiebre a la suegra de Pedro era un añadido posterior que se les traspapeló a los hagiógrafos por lo que no se tenía certeza histórica del acontecimiento, y que más valía prepararse a bien morir en la paz de los santos. Otro señor llegó a la diabólica conclusión de que no existe el diablo, que es una mala metáfora del mal, nada más; y lo juró por su ángel de la guarda. Don deste, que leyó el pasaje de San Pablo donde dice que no le permite a las mujeres hablar en las asambleas, le explicó dulce y prudentemente a su esposa que en griego una asamblea es donde hay dos o más, por lo que la casa se convierte también en asamblea. Después la exhortó a la obediencia.
En fin, esto no tiene fin. Sólo tenemos que decir que la Escritura Sagrada es un libro teológico, sellado, misterioso, vivo; humano y divino, y que debemos leerlo con suma humildad, respeto y sinceridad; con método, frecuencia y bajo la luz del Espíritu Santo, que es casi como decir leerlo en gracia.

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