Dios nos hizo para ser bellos, perfectos y felices. A su imagen y semejanza, no podíamos ser de otra manera. De entre todas las creaturas tuvo Adán, – el ser humano, hombre y mujer-, el toque divino, la pincelada final que incluía belleza, perfección y felicidad; hermosos pero podíamos serlo más; perfectos y perfectibles, felices en el paraíso y abiertos a la posibilidad de una felicidad mayor en la presencia de Dios.
Todo era un paraíso que suscitó envidia en un ser superior, un ángel, que sedujo a los primeros humanos instigándolos a desobedecer, pues no le agradaba verse él mismo, Luzbel, querubín inmenso y lleno de esplendor, sirviendo a tan pequeña criatura y viendo cómo Dios se alegraba con los seres humanos y los llenaba de dones naturales. “Por envidia del diablo entró el pecado en el mundo” (Sab 2, 24).
Dios perdonó la desobediencia del ser humano pero no la envidia del ángel. Lo maldijo y arrojó de Sí, convirtiéndose en ese instante en lo que hoy es y siempre será. A los adanes y evas arrojó del paraíso pero se compadeció de ellos, les dio la oportunidad de redención, la cual logró su Hijo mismo muriendo por nosotros en la cruz y resucitando… pero los que habían sido creados para ser bellos en lo físico y en lo espiritual, perfectos en lo moral y en lo intelectual, y felices consigo mismos, con los demás y con Dios, se volvieron con ese destierro iracundos y envidiosos: Caín mata a Abel; golosos y lujuriosos: Sodoma y Gomorra donde no había ni cinco justos; soberbios, como en Babel; así como perezosos y avaros.
A la luz de este panorama, podemos descubrir que el pecado degrada integralmente al ser humano, marcándolo incluso histórica y socialmente; y se nos revela así más de una razón para apartarnos de todo aquello que nos degrada física y espiritualmente, deteriorando nuestra salud y nuestra amistad con Dios.
La Iglesia, que es Madre protectora y desea la felicidad de sus hijos, nos señala siete pecados capitales, -del latín ‘caput’, que significa cabeza-; es decir, son cabeza u origen de otras acciones o faltas que cometemos y dañan nuestra integridad; te presentamos, pues, estas siete razones para no pecar:
Soberbia
El primer pecado del ser humano fue la soberbia. La palabra significa y alude al amor desordenado de sí mismo, por encima del amor, el respeto y la obediencia a Dios. El ser humano fue hecho a imagen y semejanza de Dios, casi semejante a un ‘elohim’, dice el salmo, apenas inferior a un dios, a un ángel; coronado de gloria y esplendor, lleno de belleza física, de excelencia personal, virtud, dones, privilegios y placeres, pero pecó cuando no reconoció al Dador de todo esto y se lo arrogó como gracia de sí mismo.
En lo físico, la soberbia degenera en un espantoso sentimiento de soledad, ya sea que esté acompañado o esté solo. Es un sentimiento, más que una situación. Es cierto que todos en mayor o menor medida sufrimos algún sentimiento de soledad porque es parte de nuestra incomunicable unidad, pero el soberbio se estima tan por encima de lo que es que cree que nadie puede llenarlo, complacerlo, ni Dios… y por concebir inferiores a los demás se repliega en sí mismo, encerrándose cada vez más en una espiral invertida cada vez más triste, cada vez más angustiosa, que le provocará angustias y depresiones, enfermedades del estómago y del sistema nervioso. No puede tener amigos verdaderos, porque huye de quien es mejor que él por no sentirse menos, aunque no lo hagan menos; y también huye de quienes considera inferiores a él.
En lo sobrenatural, el soberbio lleva el amor de sí tan al extremo que no tolera la excelencia de nadie, ni siquiera la de Dios. Ante Él, no importa si existe o no, jamás se pondrá de rodillas. La humildad sería la virtud opuesta, que es como la justa autoestima. El amor por nosotros mismos, por el prójimo y primeramente por Dios, a quien le debemos respeto, amor y obediencia.
Pereza
La pereza nos lleva a la tibieza, a la mediocridad, empobrece el alma y pecamos cuando por no cumplir nuestro deber dañamos al prójimo. Se ha dicho que la pereza es la madre de todos los vicios porque al vivirla dejamos de dar innumerables frutos y nos conduce a otras faltas.
La gravedad de este pecado se mide por la importancia de la obligación que se descuida. Te pongo ejemplos: los papás que por pereza no educan correctamente a sus hijos con perseverancia, las autoridades que por pereza no protegen a la comunidad, los médicos que por flojera cometen negligencia y ponen en peligro la vida de sus pacientes, el cristiano que por pereza no vive ni se forma en la fe, ni celebra los sacramentos… y un largo etcétera que nos priva de dar frutos.
Es importante entender que cuando se trata de una simple tentación o estado involuntario de abatimiento y desgano no es pecado, pero tenemos que analizar honestamente nuestras actitudes ya que este pecado aunque no lo creas además de ser un cáncer para el alma genera deterioro físico y mental, por citar un ejemplo: la carencia de actividad física hace que los huesos pierdan fuerza y se debiliten, siendo más propenso a la osteoporosis, también se facilita la acumulación de grasas y colesterol.
Es necesario por el bien de nuestra alma y de nuestro cuerpo desechar la pereza de nuestras vidas fortaleciendo la voluntad y el carácter, ejercitándonos, cumpliendo pequeñas acciones con constancia. La virtud que vence el pecado de la pereza es la diligencia: Diligencia es prontitud de ánimo para obrar bien, cuidado y eficiencia en el cumplimiento del deber…esta virtud es la mejor fortuna del hombre.
Lujuria
La lujuria puede definirse como el deseo desordenado de los bienes sexuales, porque al igual que los materiales son bienes, dones, los que Dios dio al ser humano en la sexualidad, pero se convierten en lujuria cuando esos bienes se desordenan debiendo estar ordenados, controlados por la razón y la voluntad.
La lujuria causa tedio, tristeza y debilidad en la voluntad. Si se apodera de la memoria y de la imaginación, la persona pierde concentración en su escuela, en su trabajo, cayendo en vicios y perversiones que lo pueden arruinar en lo físico y en lo personal. Saciar la lujuria trastorna el equilibrio físico, produce debilidad, fatiga, pesadez y torpeza paulatina en la mente.
La virtud contraria es la pureza, que se cultiva con el pudor y el decoro en las costumbres, en las miradas y en las palabras. La pureza es don de Dios pero exige el trabajo del ser humano, mediante la castidad y el dominio de sí mismo. La energía contenida, convertida en oración y caridad, eleva el espíritu. Es importante cultivarla en medio de esta sociedad pansexualizada para poder gozar de las arras del Espíritu de Dios con libertad.
Gula
La gula es el deseo desordenado por el placer de la comida o la bebida. Este deseo puede ser dañino o convertirse en pecado si el comer o beber excede lo que tu cuerpo necesita o si lo que comes sabes de antemano es veneno para tu cuerpo, como drogas, fármacos no indicados, alcohol en exceso, etc… también si el comer se convierte en un gasto ostentoso o lujoso que te lleva a descuidar tu economía y la necesidad de tu familia o de quienes te rodean es pecado.
Ahora, debemos entender que esto no es meramente superficial, no se trata de tener cierta talla o peso…el soporte y la fortaleza que nos da el comer y el beber es una necesidad que brota de ser seres naturales, creados así por nuestro Padre Dios pero con vida sobrenatural, es decir debemos cuidarnos físicamente también para darle gloria a Dios y servir a nuestro prójimo. En pocas palabras, necesitamos comer, nunca de más, nunca de menos, para conservar la salud. Y es que Dios nos ha creado así, junto a la necesidad fisiológica de alimentarnos nos regala el gozo de deleitarnos al hacerlo.
El no saber detenernos ante el placer, el llevar el placer al extremo de dañar nuestra alma o nuestro cuerpo es lo que convierte esta acción en pecado, en falla, porque nos aparta de Dios y centra nuestras fuerzas, nuestra dicha, en bienes temporales, y sí… este pecado también daña nuestro cuerpo, el alimentarse incorrectamente o en exceso lleva a la obesidad, diabetes, anemia, cáncer intestinal, de estómago, de colón, daños hepáticos graves, bulimia, leucemia y la lista en larguísima.
¿Deseas saber cuál es la virtud que contrarresta este pecado? Es la templanza, definida como la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad.
Ira
Es un arrebato emocional de desagrado que se acompaña de enojo y odio, generalmente se presenta una actitud de intolerancia, rabia, deseos de venganza e intolerancia. Esta acción ciega la razón, porque la persona lo permite, porque se deja poseer por los instintos y se cierra a la verdad; si el ser humano se deja envolver por este pecado puede llegar a cometer acciones gravísimas contra sí mismo, Dios y el prójimo, como asesinatos, violencia, pleitos, discriminación, robos y más.
La ira puede darse por muchas razones, por celos, venganza, intolerancia. Normalmente este odio es totalmente injustificado y desmedido. Pero aún si somos víctimas de una injusticia, nunca se comprende que nos dejemos llevar por este grave pecado y sus consecuencias. No se trata de aceptar el mal o el daño sufrido, pero no debemos convertirnos también en agentes de odio.
La ira daña gravemente a la persona que vive con ese peso constante de odio, enferma los nervios, provoca ansiedad, estrés, gastritis nerviosa, provoca infartos, embolias, etc.
La virtud que ayuda a vencer la ira es la paciencia: Sufrir con paz y serenidad todas las adversidades. Es propio de la virtud de la paciencia moderar los excesos de la tristeza y la virtud de la mansedumbre moderar los arrebatos de cólera que se levanta impetuosa para rechazar el mal presente. Un cristiano es alguien alegre, que se sabe acompañado de Dios en el sufrimiento y que es audaz y magnánimo para denunciar el mal y obrar con justicia. Sólo hay que ver a Jesús paciente en la Cruz.
Avaricia
Nada traemos al nacer y nada nos llevamos en lo material. Los antiguos faraones egipcios pensaban que reencarnarían y por eso se hacían enterrar con sus riquezas y sus esclavos, cosa que de poco les servía porque se los robaban.
La avaricia puede definirse como el deseo desordenado de los bienes materiales. Tomarlos no como medio para una vida digna, equilibrada y suficiente, que sabe compartir, sino entregándoles el corazón y haciendo de ellos, en mayor o menor medida, el fin de nuestra existencia.
La persona avara desarrolla nerviosismo y desconfianza y siempre vive temerosa del futuro, tiembla ante la incertidumbre, y aun nadando en la abundancia no se puede quitar el ansia, el escozor y el miedo de la ruina. La avaricia seca el corazón, lo vuelve insensiblemente frío ante el sufrimiento de los demás, los deja morir pudiéndolos ayudar sin menguar sus bienes, tal como el rico epulón dejó morir al pobre Lázaro.
La virtud contraria es la generosidad y la confianza en Dios providente. La generosidad para compartir de lo que nos sobra o de lo nuestro con quien no tiene. Y la confianza en la providencia de Dios que si no se olvida de alimentar a los pajarillos del cielo mucho menos a los seres humanos.
Envidia
Debemos estar alertas en un mundo tan consumista como el actual, de no dejarnos llevar casi ‘inconscientemente’ por el deseo desmedido del ‘tener’ porque después se puede caer en la envida, ese rencor o tristeza por la buena fortuna de alguien, unido al deseo desordenado de poseerla, ¿qué tal eh?
La envidia también se liga a la vanidad, al deseo de vanagloria que nos lleva a obrar con falsa caridad para poseer la fama del otro… debemos, pues, tener cuidado, porque cuando menos lo pensamos se nos va la vida en esto descuidando nuestro crecimiento personal honesto y llevado con justicia, así como la alegría de vivir y de servir y amar a Dios y al prójimo.
Te preguntaras qué daño físico genera este pecado. Bien, además de recordarnos, -como dijimos en la introducción-, que por envidia entró el pecado al mundo, efectivamente también daña nuestro cuerpo, pues todo pensamiento negativo genera desgaste mental y afecta gravemente el sistema nervioso derivando en otras enfermedades como presión arterial alta. La salud mental es el estado de bienestar que permite a una persona estar y sentirse bien con ella misma, relacionarse adecuadamente con los demás, vivir en sociedad, ser productiva y feliz… cosa que la envidia no permite.
¿Con qué virtud vencemos este pecado? con La caridad, que es la principal de las virtudes teologales y es el amor de Dios habitado en el corazón del hombre. Es una virtud sobrenatural, es decir, Dios nos la otorga por la fe y la vida de gracia, no la podemos adquirir por mérito propio y no se reduce a una simple acción benéfica, sino que es un cambio radical por amor a Dios y después al prójimo.
Es un don espiritual, un regalo: Dios que nos da su amor y ese amor nos lleva a vivir sus mandamientos, sabiendo que todo lo que Él nos mando, por muy difícil que parezca, es para gloria suya y bien y felicidad nuestra. A través de la oración y la vivencia respetuosa de los sacramentos podemos alcanzar este gran regalo que nos devuelve la paz espiritual y la salud mental.
Como vemos, existen siete buenas razones para vivir en la virtud y obtener el equilibrio y la salud física y espiritual: debo dominar mi placer de no hacer nada y dar fruto con diligencia; debo dominar mi deseo de poseer y vivir la caridad; dominar mi deseo de comer mucho o mal y ser moderado; vivir mi sexualidad convirtiendo la energía en oración, servicio y amor; dominar mi envidia y celebrar las virtudes y triunfos del prójimo para poder superarme positivamente; dominar mi enojo para no herir a nadie con palabras ni acciones actuado con sabiduría y paciencia; y finalmente, dominar mi amor propio y poner en primer lugar, sobre todas las cosas, a Dios, quien nos quiere bellos, perfectos y felices como es Él.